
El roble blanco ofrece tilos que dificultan la penetración de humedad, ideal para elementos exigentes. El corte radial muestra llamativos radios medulares y limita movimientos transversales. Cuidado con los taninos: reaccionan con hierro, por lo que conviene tornillería inoxidable y acabado de aceite-cera duro. Una mesa de comedor de ocho décadas mantiene su plano gracias al bastidor con ranuras de dilatación y a un pulido anual que realza veta sin sellarla bajo capas gruesas y frágiles.

El nogal equilibra densidad, estabilidad y trabajabilidad, ofreciendo calidez profunda que madura con la luz. Su dureza Janka moderada permite uniones precisas como colas de milano, y su estabilidad reduce crujidos. Combina bien con fresno para aligerar, o con roble para aportar contraste. Evita exposiciones solares extremas sin protección, pues oscurece significativamente. Un mantenimiento con aceite polimerizante y cera fina cada año mantiene la superficie sedosa y la reparación futura sencilla, honrando la pieza y su tacto.

La teca y el iroko contienen aceites naturales y, en ocasiones, sílice, que resisten humedad, insectos y sol. Ideales para exteriores, requieren diseño con drenajes, contraflecha y tornillería inoxidable. El lijado demanda mascarilla por el polvo irritante. Un banco de jardín de teca sobre rastreles, limpiado con jabón neutro y aceite ligero anual, sobrevivió a décadas de lluvia tropical sin pudrirse. Permitir secados completos, evitar selladores plásticos y respetar la expansión natural prolonga su vida útil con gracia.